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La nacionalidad al servicio de la solidaridad

avelino



Avelino Stanley/Hoy




La nacionalidad es la condición social más sagrada que tiene un ser humano. La dominicanidad es el sentimiento más firme de amor por nuestra tierra. “Vivir sin patria, dijo Duarte, es lo mismo que vivir sin honor.” El destino de la nacionalidad de un país tiene que ser decidido por todos los connacionales. Esta condición jamás debe ser interpretada de manera unilateral, en un cuarto frío, como lo han hecho los integrantes del Tribunal Constitucional de la República Dominicana.
A finales del siglo XIX, cuando la endeble economía dominicana estuvo a punto de naufragar, fue preciso acudir a inmigrantes. Desde entonces comenzaron a entrar al país “extranjeros en situación migratoria irregular”. En esos momentos el estatus de la nacionalidad de ellos no importaba. Lo que se necesitaba era su fuerza de trabajo.
Cuando avanzó el siglo XX en la tierra de Luperón había gente de todas las latitudes. De las Antillas inglesas trajeron miles de cocolos a tierra dominicana. A partir de 1918 los norteamericanos inauguraron un trasiego con miles y miles de haitianos: una parte ínfima venía legalmente y a la mayoría los entraban de contrabando.
Durante ese siglo los cocolos primero y los haitianos después trabajaron la industria azucarera en condiciones terriblemente inhumanas. Las cicatrices de sus manos multiplicaron el capital tanto norteamericano como local. Esa fuerza de trabajo atesoró la ambición del tirano. Tras la muerte del sátrapa, ya con sus bienes en posesión del Estado dominicano, los cocolos y en gran medida los haitianos siguieron produciendo una parte importante de las riquezas de la industria azucarera.
Al principio de ese verbo la fuerza de trabajo “extranjera” salvó la economía del país a cambio de salarios miserables. El viaje incluía un grillete, intangible pero igual de doloroso, porque era un estigma racista: ¡negros! Aun con los latigazos de la discriminación los seguían trayendo. Ahora que ya el capital se los engulló con todo y fuerza de trabajo los herederos de su desprecio hieden. No importa que a sus descendientes les circule por el cuerpo de la identidad el sentimiento de dominicanidad. Es preciso negarle una nacionalidad ganada a fuerza de sudor, hambre, maltrato y explotación de la más vil.
Yo también soy hijo de un “extranjero en situación migratoria irregular”. Mi padre era un cocolo que en 1935 llegó en goleta desde Saint Kitts a los cañaverales de La Romana.
Estoy dentro del rango de descendientes de braceros cuyo caso es preciso revisar. Que busquen el expediente de mi padre y que luego me despojen de la nacionalidad dominicana. Podrán manipular lo legal, mas no mi sentimiento; yo permitiré que lo hagan en solidaridad con los descendientes haitianos. Legalmente muchos no seremos dominicanos según los gendarmes de la nacionalidad. Pero no responderemos por la embestida que brotará a borbotones del inagotable manantial que es nuestro sentimiento de dominicanidad.
Será un ejército de toda una media isla. Tendrán que hacer lo mismo con todos los descendientes cocolos. A Nolberto James y el legado de sus aportes a la cultura dominicana lo lanzarán a la nada. También al artista plástico Nadal Walcot. Que se traguen el estatus del hijo de un jamaiquino, Mateo Morrison, mucho más dominicano que esos falsos gendarmes de la dominicanidad. Claro, que busquen los descendientes de españoles, árabes, chinos, italianos… Pero que no se detengan ahí; que sigan escudriñando.
Que terminen de mancillar la nacionalidad de José Francisco Peña Gómez con todo y sus aportes a la democracia dominicana. Que vulneren la dominicanidad de Pedro Mir por ser hijo de un cubano. Que eliminen de un plumazo los aportes con todo y la nacionalidad de Juan Bosch por ser hijo de un español. Ah, por favor, como el padre de Balaguer era puertorriqueño, procedan igual; tal vez así podría resarcir un poco las tantas veces que mancilló la patria.
Que continúen hasta despojar la dominicanidad de Luperón por haber sido hijo de una negra inmigrante de las Antillas inglesas. Luego, por su puesto, que lleguen a Duarte, hijo de un español; así, además de la deportación a que lo forzó Pedro Santana, el Tribunal Constitucional tendrá que declararlo hijo de extranjero y quitarle la nacionalidad.
En 1844 le arrebataron a Duarte y a los trinitarios el verdadero ideal de patria. Desde entonces los conservadores, con el poder en sus manos hasta el día de hoy, han guiado a la República Dominicana por el sendero del caos. Le han negado la educación al pueblo. Han sometido el país al más inaudito desorden administrativo. Y ese desorden es el que hoy, los miembros del Tribunal Constitucional, quieren que paguemos los hijos de los inmigrantes. Claro, es una sentencia que involucra a los negros; sobre todo es principalmente contra los descendientes haitianos.
Una tarea adicional comienza para los sectores conscientes del país, dentro y fuera de la patria. De nuevo tendremos que enastar la bandera de la reivindicación para que esa decisión del Tribunal Constitucional sea revocada por inconstitucional. Solo así podremos vivir en paz y con el honor que siempre soñó Juan Pablo Duarte.

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